Hay colegios que se reconocen por sus edificios. Otros, por sus uniformes, sus himnos o por una generación particular de estudiantes. Y hay instituciones cuya historia termina mezclándose con la de la ciudad que las vio crecer.
El Colegio La Inmaculada de Itagüí pertenece a esa última categoría.
En 2026 cumple seis décadas desde que abrió sus puertas, el 6 de febrero de 1966, bajo la orientación de las Religiosas Franciscanas de la Inmaculada Concepción. Lo que comenzó como una institución dedicada a la formación de niñas hoy es un colegio mixto que conserva su identidad franciscana, pero que también ha tenido que transformarse para responder a nuevas generaciones.
Y quizás ahí está una de las historias menos visibles de estos 60 años: La Inmaculada no solamente ha formado estudiantes; también ha tenido que aprender a cambiar.

De las aulas para niñas a un colegio mixto
Cuando el colegio comenzó su historia en Itagüí, la educación que ofrecía tenía como destinatarias a niñas y jóvenes. La institución fue creciendo hasta consolidar su oferta educativa y entregar sucesivas promociones a la sociedad.
Durante décadas, las generaciones que pasaron por sus aulas encontraron una institución marcada por la formación religiosa, los valores franciscanos y una idea de educación que iba más allá de las asignaturas.
Pero el colegio no permaneció estático.
En 2012 comenzó una transformación importante: la institución abrió progresivamente sus puertas a estudiantes de ambos sexos. En 2016 se graduó la última promoción exclusivamente femenina y en 2022 egresó la primera promoción bajo el modelo mixto.
Son fechas que, vistas aisladamente, pueden parecer administrativas. Pero detrás de ellas hay un cambio generacional profundo.
La estudiante que alguna vez llegó con su uniforme a unas aulas pensadas exclusivamente para mujeres dio paso, años después, a un colegio en el que niños y niñas comparten los mismos espacios de formación.
Seis décadas y varias generaciones
La historia también puede contarse a través de quienes han estado al frente de la institución.
La primera rectora fue la madre María Beatriz de Jesús, quien estuvo entre 1966 y 1976. Después llegaron otras religiosas y, posteriormente, rectoras con diferentes perfiles. Desde 2019 la institución está dirigida por la hermana Sonia Durand.
Seis décadas significan mucho más que una cifra.
Significan estudiantes que llegaron siendo niñas y hoy son madres o abuelas. Docentes que dedicaron buena parte de su vida a las aulas. Religiosas que marcaron generaciones. Familias que encontraron en el colegio un espacio de formación y egresados que llevaron consigo una parte de esa educación a sus profesiones y comunidades.
Es, en otras palabras, una institución que mide su historia no solamente por los años transcurridos, sino por las personas que han pasado por ella.
La memoria salió de las aulas
Para conmemorar los 60 años, la historia del colegio también se convirtió en una exposición.
El Museo de Itagüí acogió en septiembre “Más que recuerdos, 60 años dejando huellas”, una muestra que llevó al espacio público parte de la memoria construida por La Inmaculada durante estas seis décadas. La exposición estuvo abierta entre el 8 y el 15 de septiembre y permitió acercar a la comunidad a fotografías, recuerdos y elementos relacionados con la trayectoria de la institución.
No fue la única manera de poner en escena el aniversario. La celebración también ha estado acompañada por actividades y muestras que buscan reunir distintas épocas del colegio y conectar a quienes hicieron parte de sus aulas con las generaciones que hoy las ocupan.
Y ahí hay algo interesante: celebrar 60 años no consiste únicamente en mirar hacia atrás. También implica preguntarse qué permanece cuando cambian los estudiantes, los profesores, las formas de enseñar y hasta la manera de entender la educación.
Por eso la exposición en el museo resulta más que una actividad de aniversario. Es una forma de sacar la memoria del colegio de sus propios muros y ponerla en conversación con la ciudad.
También cambió la educación
La transformación no ha sido únicamente en quiénes pueden estudiar allí.
La institución ha incorporado nuevos niveles educativos, incluyendo Prejardín y Jardín, y ha desarrollado un proceso de bilingüismo. También declara una apuesta por la educación inclusiva y por la atención a estudiantes con necesidades educativas especiales.
Ese proceso muestra una tensión que enfrentan muchas instituciones educativas con varias décadas de historia: cómo conservar una identidad sin quedarse detenidas en el tiempo.
En La Inmaculada, esa identidad sigue teniendo como referencia la tradición católica y franciscana, mientras la propuesta educativa incorpora nuevas necesidades y dinámicas de la sociedad.
La propia institución resume su filosofía en tres palabras que la han acompañado durante décadas: Paz, Ciencia y Virtud.
Un colegio que hace parte de la memoria de Itagüí
Hay otra forma de contar estos 60 años: preguntarse cuántas historias de Itagüí han pasado por La Inmaculada.
Porque un colegio no solamente entrega diplomas. También conserva fotografías, amistades, primeros amores, profesores recordados durante décadas, ceremonias, competencias, encuentros familiares y aquellas pequeñas escenas que terminan convirtiéndose en recuerdos de una generación.
Por eso, cuando una institución educativa cumple seis décadas, la celebración deja de pertenecer únicamente a quienes actualmente hacen parte de ella.
También pertenece a quienes alguna vez estuvieron allí.
A las primeras estudiantes. A las promociones que llegaron después. A los docentes que permanecieron durante años frente a un tablero. A las religiosas que dirigieron diferentes etapas. A las familias que confiaron en la institución y a los egresados que llevaron su formación hacia otros espacios.
60 años después
El Colegio La Inmaculada ya no es exactamente el mismo que abrió sus puertas en 1966.
Y probablemente esa sea una de las mejores maneras de entender su permanencia.
Cambió de estudiantes. Cambió su modelo. Cambiaron las necesidades educativas. Cambió la ciudad alrededor. También cambiaron las formas de enseñar y de relacionarse con las nuevas generaciones.
Pero hay elementos que permanecen.
La identidad que dio origen al proyecto educativo, la memoria de quienes pasaron por sus aulas y la capacidad de una institución para atravesar distintas épocas sin dejar de preguntarse cómo educar en cada una de ellas.
Las exposiciones, las fotografías y las actividades de aniversario ayudan a contar esa historia, pero no son la historia completa.
La verdadera celebración está en las generaciones que pueden mirar hacia atrás y reconocer un lugar común.
Sesenta años después, La Inmaculada no solo celebra que sigue abierta. Celebra que seis décadas después todavía hay nuevas generaciones ocupando sus aulas y agregando capítulos a una historia que comenzó en Itagüí en 1966.

